La FAO, Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura, nos acaba de decir que comer insectos puede ser muy bueno, ya que tienen muchas proteínas, carecen de grasa y su producción es muy barata. Esto parece complicado, porque claro implica un cambio de mentalidad. Pero nosotros, curtidos en mil batallas, seguro que nos ponemos al día enseguida.
Ya me imagino poniendo en mi casa esa especie de atrapa-moscas que es una botella de plástico invertida, y haciendo un salteado de moscas con un poco sal y pimienta.
Las cucarachas vendrían a ser lo que los langostinos, pa nochebuena y fiestas de guardar, las gorditas para hacerlas a la plancha y las chiquitillas pal arró.
En ese caso, lo de que el niño venga con piojos del cole, lejos de ser un drama, sería un festival, como en Romerijo, pero en casa...
En los bares, la carta sería del tipo; lombrices encebollás, grillos al vapor, abejorros en tomate, pucherito de sanguijuelas y de postre, unas hormigas rojas caramelizás ¡que estan que crujen!.
Ir a un japonés sería algo como ponerse en un camping y esperar o sacar la cabeza por la ventanilla del coche y abrir la boca ¡que sofisticado!.
¿Y con qué nos sorprenderían los grandes chefs? ¿Espuma de saltamontes sobre lecho de mariquitas en su salsa con reducción de mantis religiosa?
Ains!! ¡que futuro más triste!, ¡esto no hay quien lo aguante!: hay que ducharse con agua fría, atacar a los yogures por muy caducados que estén y comer bichos.... ¡que penita de crisis!










