martes, 2 de diciembre de 2014

El krausopositivismo (integrantes y difusores principales)


Es usual señalar a Nicolás Salmerón (en la imagen) como el primer introductor del positivismo en el krausismo. En un prólogo a una obra del krausista belga Guillaume Tiberghien (“Ensayo teórico e histórico sobre la generación de los conocimientos humanos”), Salmerón y su discípulo Urbano González Serrano exponen cuáles, a su juicio, deben ser principios que constituyan la ciencia contemporánea, y la sintetizan en la ley de la evolución (prestada del devenir hegeliano) y la relatividad del conocimiento. Pero, como ambos tienen en cuenta que el positivismo más exacerbado es fácilmente rebatible (o al menos, discutible), proponen ya la característica propia del krausopositivismo, a saber, la complementariedad entre la experiencia y la especulación.

Posteriormente Salmerón señalará nuevamente la necesidad de esta unión beneficiosa en otras obras. Así, apunta a este “concierto de la observación y la especulación que, no en componendas de sincretismo artificial, mas en composición racional bajo Principio, habrá de trasformar la ciencia” y, en el prólogo a “Filosofía y Arte”, de Hermenegildo Giner, nos dice: “[cabe] afirmar la unidad de la ciencia en el concepto que incide en el objeto, y cuya presencia real y eterna saca a la luz y se hace íntima la conciencia racional del hombre. De esta suerte llegará a resolverse la contradicción histórica entre el empirismo y el idealismo, sin desconocer ni anular ninguno de ambos elementos esenciales para la construcción científica”.

Este camino es el que estás siguiendo los grandes pensadores del momento, nos dirá Salmerón, hombres como Wundt, Spencer, Fechner o Hartmann, pues están reconociendo “unos que del fondo de la experimentación brotan datos especulativos, [y] afirmando los otros que la especulación no es abstracta ni persigue entidades extrañas a la concreción de la realidad.

La ciencia nueva que mejor expresa ese estado innovador del saber científico es, afirma Salmerón, la psicología fisiológica, puesto que es capaz de superar la “dualidad radical de cuerpo y espíritu, lo inconsciente y la conciencia, la abstracta separación de lo sensible y lo ideal”. La psicología clásica y tradicional queda arrinconada, dado que no atiende más que a la mera reflexión especulativa del alma.

Francisco Giner de los Ríos, de quien hablaremos extensamente en notas futuras, estuvo también influido por la positivación científica, aunque siempre desde una actitud suave y en absoluta radical. Básicamente en los ámbitos del derecho y la psicología fue en donde mejor se notó esa apropiación, sobretodo en sus “Lecciones sumarias de Psicología”, de 1874, que tuvieron de base las obras de Krause, Tiberghien, Sanz del Río, etc.
Por su parte, Urbano Gonzalez Serrano, el mencionado discípulo de Salmerón, bebió ampliamente del positivismo a lo largo de toda la pervivencia de éste en la vida intelectual española. Ya en su tesis doctoral, de 1871 hay un rechazo casi total al idealismo krausista, y en los debates del año 1875 en el Ateneo madrileño, incidió este autor en que el positivismo encarna el espíritu del siglo y combate el exceso de idealismo y el dogmatismo de la moderna filosofía. Pero el suyo no es un abrazo al positivismo sin crítica; al contrario, de él rechazará, al menos en esos años, “su radicalismo experimental, la afirmación de que la experiencia exterior sensible es la única fuente de conocimiento y la reducción de la ciencia a una mera fenomenología (Antonio Jiménez García, El Krausismo y la Institución Libre de Enseñanza, Cincel, Madrid, 1985, obra de la que nos valemos para esta nota).

En su obra de 1884 Sociología científica, González Serrano, aunque abraza muchos de los postulados del positivismo científico, reprende a la ciencia sociológica, por dos motivos: primero, porque trata de reducir a lo fisiológico y natural empíricamente conocido toda la naturaleza social; por otro lado, porque sólo estudia el objeto social en ese mismo aspecto. ¿Cómo superar esto? Pues mediante el recurso a la doble vía del krausopositivismo: la especulación y la experiencia.

La psicología es el campo en que más innova González Serrano. En su obra Psicología filosófica, de 1886, apunta a la obvia necesidad de una observación fisiológica y la experimentación para un correcto conocimiento de la realidad del alma. Pero, añade, que este no es el único elemento de ese saber; en efecto, debe añadirse y combinarse con la reflexión para que ambos puedan explicar el mecanismo psico-físico.

Por tanto, en González Serrano hay aún, y en modo profundo, esa unión krausopositivista clásica de razón y experiencia, pero encontramos una clara tendencia, un decantarse hacia el terreno más propiamente científico, fisiológico y psico-físico en este caso.

Manual Sales y Ferré es un ejemplo muy ilustrativo de un cambio evolutivo de pensamiento intelectual, pues pasó desde un krausismo tradicional, por así decir, a un krausopositivismo que después derivó en un positivismo cientifista. Como base de los estudios sociológicos y antropológicos establece el método científico-experimental, y sostendrá, yendo mucho más lejos que sus compañeros, que no puede haber un conocimiento verdadero de algo que no sea experimentalmente comprobable, una postura radical y muy acorde con los principios del positivismo.

Sales y Ferré defenderá su alegato del positivismo y su alejamiento de la actitud armoniosa del krausopositivismo equiparando a aquel como un nuevo mundo, que adviene finalmente, tras un viejo mundo de lo arbitrario, lo fantástico y lo subjetivo; con el positivismo, por fin, llega “el mundo de lo real, de la ley, de lo objetivo”.

La sociología será la ciencia que se referirá a la vida humana concreta y social, no la abstracta y general como hasta ahora se había hecho, y que modificará, nos dice Sales y Ferré, los antiguos planteamientos de la filosofía de la historia.

Por último, y ya en una nueva generación, Julián Besteiro propondrá, en su obra La Psicofísica (1895), una síntesis entre el materialismo positivista y de carácter práctico y la añeja metafísica krausista, en un intento de explicar sistemáticamente la realidad.

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En resumen, y como nos dice Antonio Jiménez García, “la importancia del krausopositivismo radica en haber sabido adaptarse a la evolución científica, apoyándose en el positivismo y superando, por tanto, la metafísica espiritualista heredada de Krause, pero, sobretodo, en haber coadyuvado a la introducción de las ciencias sociales en España, que tuvieron en los autores aquí mencionados a sus primeros expositores y divulgadores”.