martes, 2 de diciembre de 2014

Julián Sanz del Río (y II)

FILOSOFÍA DE LA HISTORIA


La preocupación por todo lo humano es la base de la filosofía de Sanz del Río, puesto que es en él, en el hombre, donde se verifica la unidad entre la Naturaleza y el Espíritu que toma cuerpo en la idea de la Humanidad. Ésta, en sus distintas culturas y periodos, constituye los grados de ascensión hacia Dios, cuya culminación es la “Humanidad racional”. En El ideal de la Humanidad se pretendía hacer frente a la noción de Estado mundial de raíces napoleónicas, sustituyéndolo por una alianza o hermandad universal de los hombres, una idea que Krause ya había madurado originalmente y que Julián Sanz del Río recogió y divulgó (como muchas otras de aquél). En esta obra se procura reformar y renovar la vieja y alejada de la modernidad sociedad española a través del ímpetu, del impulso del ideal utópico, que es el motor del cambio. Pero, para alcanzar esa renovación, hay que reflexionar y, sobretodo, hacerlo acerca del lugar que tiene (o debe tener) el hombre en el mundo. Por tanto, lo que se podría concebir como una obra de carácter meramente práctico se convierte, además, en una filosofía de la historia.

Un filósofo de la historia no tiene como misión, como tarea, la mera descripción de los sucesos históricos, sino que debe sacar a la luz, revelando bajo la multitud de éstos, todas aquellas autodeterminaciones propias de la esencia divina. La filosofía de la historia debe descubrir la idea de Dios en las diversas etapas evolutivas de la humanidad. Aquí Sanz del Río, siguiendo nuevamente a Krause, propondrá la fórmula “idea frente a ideal”. La idea es idea de Dios y, por tanto, a priori algo inalcanzable; el ideal de la Humanidad, en cambio, es la aspiración constante de llevar a plenitud la existencia humana. Y eso sí es asequible a nuestras facultades y, por tanto, algo que estamos destinados a tratar de alcanzar.

Todo saber se inicia siempre desde una unidad simple, sea ésta bien la del yo (en la parte Analítica de la Metafísica), o bien sea la de la intención racional de Dios (en la parte Sintética). Ambas concluyen en una síntesis armoniosa superior de los contrarios. Cada uno de los tres momentos de la dialéctica corresponden a las otras tantas edades por las que trascurre y se manifiesta todo lo finito: infancia, juventud y madurez (o, en otras palabras: indiferenciación, oposición, armonía). Veamos estas tres edades o estadios.

-Primer estadio: infancia o indiferenciación

En esta edad inicial el hombre primitivo no se diferencia de lo que le rodea; se halla, en efecto, instalado en el mundo como identificado con la naturaleza, y depende e ella en todo. Por lo tanto, no hay ninguna distinción entre el hombre y la naturaleza o, si se quiere, entre Dios y él. Así, hay una plena fusión e indiferenciación, entre Dio, mundo y hombre. Esta etapa la conforma una vida sencilla, modesta e inocente, un tipo de vida que posteriormente será añorada bajo el concepto de Paraíso Terrenal.

-Segundo estadio: juventud u oposición

En la siguiente etapa, el hombre poco a poco va tomando conciencia de las cosas y de su situación en el mundo. Ahora actúa sobre ellas, las investiga, trata de comprenderlas para dominarlas; de este modo, va lentamente desvinculándose de su primitiva unidad, de su fusión con ellas. Sin embargo, en esta etapa no hay, pese a que pueda parecerlo, una desunión o rotura radical con Dios; todo lo más hay un cambio entre lo que antaño era ciega sumisión y lo que ahora constituye un motivo de fantasía e imaginación. ¿Por qué? Porque aunque puede entenderse que el hombre ha perdido a Dios, en el sentido de desvincularse de Él, hay la esperanza, el deseo de reencontrarlo en la naturaleza, en todas las cosas admirables y asombrosas que existen en torno suyo. De este modo aparece el politeísmo, la creencia humana en una multitud de divinidades. En este estado, nos dice Sanz del Río, si bien aún no se aprecian las facultades morales del hombre que le son características, sí es propio de este tiempo o edad la oposición sin unidad, fragmentándose la realidad en distintos componentes y aconteciendo conflictos entre ellos, como el alma y el cuerpo, el individuo y la sociedad, etc.

-Tercer estadio: madurez o armonía

El último estadio o época da inicio cuando el hombre vuelve sobre sí mismo y descubre (o re-descubre) su conciencia, que se le revela como imagen de Dios, del Dios único (unidad de la propia conciencia). En este intervalo la actividad humana ya no está centrada y dirigida hacia el dominio exterior, en todo lo que le rodea, ya no es, se puede decir, una etapa centrífuga, sino que se convierte ahora en centrípeta, volcada al interior. Y es a través de ésa interiorización como el hombre ve y toma conciencia, se convence de su propia valía, lo cual le permite adquirir, finalmente,  una nueva perspectiva: la de su dignidad, su esencial integridad como ser. Es entonces cuando el hombre da un paso más allá y se pregunta por la conciencia divina superior, conciencia divina que es lazo de unión de todos los seres finitos. Es la unidad de la conciencia del yo la que posibilita, pues, entender la unidad de Dios. Y así es como se reinserta el monoteísmo, por la dinámica de la propia maduración humana. El hombre se pone en contacto con Dios y Su conocimiento provoca un renacimiento en todo el ser del hombre y sus facultades, ejemplificadas en la imaginación, el entendimiento y la razón.

El monoteísmo cristiano proclama la igualdad radical de todos los hombres, dado que todos ellos son hijos del mismo y único Dios. Desde esta perspectiva, nos dice Julián Sanz del Río, el cristianismo ha sido el elemento más trascendental en la historia de la civilización humana. Entendida como doctrina, el cristianismo es irreprochable y fuente de los valores humanos perennes, pero los cristianos devaluaron su pureza y autenticidad al tomar una actitud similar a la de los judíos: rechazaron el mensaje original y se enfrascaron en la persecución de los no cristianos. El cristianismo es prosigue Sanz del Río, “la flecha de la evolución de la historia que apunta al espíritu universal, al respeto y amor a todos los hombres a la vez que el respeto, también, a la naturaleza y a la ciencia. La unión de estos dos amores forman la armonía del mundo y de la historia, la unión de naturaleza y espíritu. Cuando los hombres vivan vinculados por el amor de Dios y refiriéndose a Él como causa primera y última, ésa será la vida bienaventurada” (Manuel Suances Marcos, Historia de la Filosofía Española Contemporánea, Síntesis, Madrid, 2010).

A esta tercera y definitiva etapa de la historia humana Sanz del Río la llama “Reino de la unitaria Humanidad en la tierra”, y es ella la que cumple ‘‘el Ideal de la Humanidad’’. Ésta edad, que aún no ha llegado, será la de la realización de la ‘ciudad universal’, una alianza común de los pueblos con Dios. Gracias a la unión íntima entre naturaleza y espíritu que lleva a cabo el hombre puede éste lograr su plenitud.