domingo, 7 de diciembre de 2014

Nicolás Malebranche y el ocasionalismo (I)

 Hijo menor del secretario del Rey Luis XIII de Francia y de la hermana del virrey de Canadá, el teólogo, filósofo y sacerdote Nicolás Malebranche nació en París en 1638 y murió en 1715. Un tutor privado fue el encargado de educar al “pequeño Nicolás”, que siempre tuvo una salud delicada y, además, sufrió de escoliosis, exhibiendo una espalda bastante encorvada. Cursó filosofía en el Collège de la Marche, donde ingresó a los 16 años, y más tarde en la Soborna. Sus intereses principales en esa época fueron la oratoria, la historia eclesiástica, la Biblia, la lingüística y la filosofía agustiniana. Cuando tenía 22 años entró en la Congregación del Oratorio, centro que había fundado el Cardenal de Bérulle medio siglo antes. Malebranche se ordenó sacerdote en 1664.

Ese mismo año de 1664 Malebranche leyó el Tratado del Hombre, de René Descartes, y su interés se reorientó a la filosofía y los estudios científicos de raíz cartesiana, a los que dedicaría toda una década. Parece ser que vio, en el mecanicismo cartesiano, un modo de apuntalar o reformular, gracias a las aportaciones de las ciencias y la filosofía moderna, el espiritualismo de San Agustín, que a fin de cuentas era la corriente más aceptada en el Oratorio. Precisamente a causa de ello, no concebía que hubiera escisión ninguna entre la filosofía y la religión, sino que ambas constituían medios válidos de llegar a la verdad. Las eventuales discrepancias que pudieran surgir son producto de la imperfección del hombre, caracterizada por el pecado original.

En 1699 se le eligió como miembro de la Academia de Ciencias francesa, en cuyo seno iba a presentar Malebranche una memoria que recogía importantes investigaciones acerca de la luz y los colores (los cuales explicaba como resultado de la frecuencia de las vibraciones luminosas).

Su primera obra, titulada La búsqueda de la verdad (1674-1675) fue, si así podemos decirlo, un best-seller filosófico, dado que tuvo un gran éxito en la época (conoció cuatro reediciones en otros tantos años) y, lo que es más importante en un ensayo, generó discusiones y cierta controversia, dentro de los círculos teológicos. En un primer momento parece ser una obra que sistematizara y adoptara el cartesianismo (no en vano acepta de éste muchos elementos: dualismo pensamiento-extensión, la regla de la evidencia, buena parte de la teoría de las pasiones…). Sin embargo, también se evidenció que objetaba a aquel ciertos aspectos, corrigiendo, por ejemplo, tesis científicas, así como la teoría de las ideas innatas y la teoría del conocimiento que Descartes había presentado.

Malebranche interpretó la cuestión de la relación entre el cuerpo y el alma a su manera, siguiendo la postura ocasionalista que ya habían introducido y desarrollado pensadores anteriores franceses. En primer lugar, y en contra de la opinión cartesiana en materia gnoseológica (es decir, la teoría del conocimiento, y aquí particularmente el saber que podemos conseguir de las entidades), Malebranche sospecha que el alma no es mejor conocida que el cuerpo; más bien al contrario, dado que la idea de conciencia supone un sentimiento poco específico, poco claro, de lo que ella sea, mientras que lo extenso aparece mucho mejor definido a partir de su misma idea. La idea no es un modo del espíritu, dirá el francés, sino el objeto del pensamiento.

Pero, entonces, ¿qué es el conocimiento? Nuestro filósofo negará las otras formas de conocer postuladas previamente. Rechazará, así, las teorías escolástica, empírica y también la de las ideas innatas de Descartes. El conocimiento es aprehender las esencias de los cuerpos directamente en Dios. Por ello, siguiendo las tesis ocasionalistas, Malebranche sostiene que Dios fundamenta la relación de los sentimientos con los movimientos de los órganos. Dios es el motor del movimiento de la materia y, a través de impulsar los choques entre los cuerpos, realiza su voluntad, causa universal de todas las cosas.

Malebranche no aceptó la física de Newton, basada en fuerzas, porque sostenía que dotar de una fuerza real a los seres creados los divinizaba. Por tanto, los cuerpos no pueden ser causas verdaderas de nada, pero tampoco puede serlo el alma, si no está guiada e iluminada por Dios. Abrazando, pues, el dualismo y el mecanicismo cartesiano, Malebranche se verá abocado a examinar la cuestión básica de la relación mente-cuerpo. Su respuesta, como sabemos, será el ocasionalismo.

Nuestro autor señalará que la unión del alma con Dios es una relación más fundamental y estrecha que la de aquella con el cuerpo, relación esta última por la que se habían interesado sobretodo los filósofos paganos. Si los lazos que unen el alma a Dios se han debilitado ello obedece al pecado original que, según Malebranche, ha afianzado la relación del alma con el cuerpo. Es este exceso de, por así decir, apego el origen de todos los errores y las carencias humanas. Éste será el principal interés de Malebranche: conocer las causas de los errores humanos y tratar de evitarlos.

Pero, ¿cómo conseguirlo? Bien, no hay más que una solución, dirá Nicolás Malebranche: fortalecer la unión del alma con Dios. Si la relación cuerpo-alma es la responsable de los errores, cuanto más intensa y fuerte sea aquella, más puro será el espíritu, más se acercará a Dios y, por tanto, estará menos sujeto a fallos y equivocaciones. Como nos dice José Ferrater Mora, “el cuerpo es como una pantalla que disipa las facultades del espíritu y le impide ver las cosas como son; incita al espíritu a ver las cosas alejadas de Dios en vez de verlas desde Dios mismo”. Ésta es la misión básica de La búsqueda de la verdad, la obra primeriza de Malebranche. Nos dice éste, en dicha obra: “El error es la causa de la miseria de los hombres; es el principio malo que ha producido el mal en el mundo; es lo que ha hecho nacer en nuestra alma todos los males que nos afligen, de modo que no debemos esperar salida y verdadera dicha más que trabajando seriamente para evitarlo”.

Para lograrlo, cabe examinar atentamente los modos que tiene el alma de percibir. Según el filósofo francés, son tres. Las conoceremos en la siguiente nota dedicada a Nicolás Malebranche.